domingo, 15 de marzo de 2015

Parada en un camino rural de Etiopía


Camino de Derra,a ocho horas de Addis Abeba dejando atrás Debre Líbanos y la carretera de asfalto, hay un largo trecho por una pista de tierra que serpentea un desfiladero en el que es mejor que el coche no se pare. El nuestro se paró, pero la pericia del chófer y de Fikre, que nos acompañó a conocer a la familia de la aldea, nos permitió reanudar la marcha un par de horas después de que el viejo todoterreno dijera basta, tras un primer aviso a unos kilómetros de Addis que se solventó con una soldadura de urgencia.

La parada nos sirvió para jugar un rato con un grupo de niños pastores, que quizás no habían visto a muchos faranyis en su vida, a juzgar por las reacciones iniciales, entre asustadizos y divertidos. Era verano y tal vez por eso no estaban en la escuela que hay unos cientos de metros más adelante. Ojalá fuese por eso y no porque son de esos niños a los que no alcanzan aún los esfuerzos para escolarizar a toda la población infantil de un país -especialmente en el campo- en el que son muchos los niños que primero trabajar y después, si queda tiempo, aprenden a leer.

 Exactamente este lugar que se ve en la foto es el sitio del que hablo en el capítulo 12 de Addis Addis, el que protagoniza Haile Gebreselassie bajo el título El atleta que tocó el cielo. El pasaje dice así:

"La avería de la transmisión del coche en un viaje por uno de esos caminos tortuosos y rodeados de belleza natural es una buena ocasión para hacerse una idea de cómo fue la vida del niño Haile Gebreselassie. Las cosas, que en ciertos aspectos de la vida urbana son completamente distintos a hace solo diez años, en el campo parecen no haberse movido durante siglos. A más de cien kilómetros del último tramo de asfalto y lejos de nuestro destino, el todoterreno se detiene. Una nube de chavales nos rodean y curiosean alrededor del coche, se miran en los espejos y bromean entre ellos por la presencia de unos cuantos faranyis que se han quedado tirados en algún lugar remoto de las Tierras Altas. No veo críos esqueléticos, desnudos ni de tripas infladas, aunque su aspecto no es de lo más saludable. Juegan descalzos y las ropas de casi todos están hechas trizas. Algunos lucen camisetas del Barça y del Manchester. Cuando estiro una mano para acariciarles la cabeza huyen como un rebaño de corderos asustados. Tardamos en ganarnos la confianza, pero acabamos jugando a adivinar lo que decimos sin entender una palabra de nuestros respectivos idiomas. Observo que en los cuellos de algunos de estos niños y niñas –ocho, diez años como mucho– cuelgan las llaves de alguna puerta y me imagino que ya les toca responsabilizarse de su propia vida, de la casa y del ganado, mientras los padres están en otras tareas. La pobreza se ve muy distinta en el campo. En la ciudad la miseria es más sucia, polvorienta, más árida. Quizás más sórdida. Juegan a montar cercados, con pequeñas piedras, como si marcasen los límites de su granja, la casa, las plantaciones. Y en lo que me indican con gestos que es el granero guardan las semillas para plantar. En realidad, son semillas de estramonio, una planta alucinógena muy común en estos campos."