jueves, 17 de abril de 2008

La inflación también se ceba en Etiopía

Mujer en Addis Abeba (Etiopía)
Con frecuencia hemos hablado en este blog de las carreteras que se están construyendo, de los edificios que se levantan, de los proyectos que se están poniendo en marcha en Etiopía. Son los comentarios que solemos clasificar con la etiqueta de EtiopíaAvanza. Y es que es cierto que, al menos la capital, está siendo sometida a una profunda transformación y renovación de sus infraestructuras. Es cierto que, desde hace unos años la economía está creciendo por encima del 10%.

Pero una cosa es la macroeconomía y otra la economía real. Toda las noticias que nos llegan últimamente de Etiopía no dejan de mencionar la subida de los precios. Y es que la inflación, el impuesto que pagan los pobres, hace estragos entre las familias que gastan prácticamente todos sus ingresos en cubrir sus necesidades básicas. Hasta no hace mucho, el Gobierno etíope presumía de tener controlada la escalada de precios (llegó a estar en el 2,4% hace tres años), pero según los datos de febrero se disparó ya al 22,4%. Y los alimentos han subido más de un 30%.

La subida de los precios de las materias primas es un mal que aqueja a todo el mundo y las causas van desde la sequía, el incremento de demanda, la especulación, los ineficientes sistemas de explotación y la corrupción hasta el fomento de cultivos para producir biocarburantes. Lo cierto es que los organismos internacionales están alertando de nuevas hambrunas en los países pobres y riesgos de desestabilización política. Aunque quizás lo que quieren decir en realidad es que les preocupa la inestabilidad económica que eso pueda generar en los países ricos.
El Parlamento de Addis Abeba celebró hace un par de semanas un debate monográfico sobre la situación económica. El primer ministro, Meles Zenawi, dijo que la situación es “saludable”, pero anunció algunas medidas contra los especuladores de los alimentos (se produjeron detenciones por subidas injustificadas de la sal y el teff) y exenciones fiscales a las ventas de grano. Pero la oposición (la que queda en el Parlamento) no es tan optimista y recordó que pese al crecimiento y desarrollo del país, sigue habiendo cientos de miles de pobres que no entrar en el reparto de los beneficios.

El problema ahora puede ser que no haber aprovechado los tiempos de bonanza para fortalecer unas estructuras económicas muy débiles en un país empobrecido pasará factura. La economía rural es inestable, el régimen de propiedad de la tierra no se modificó, los sistemas de aprovechamiento del agua son casi inexistentes y las ciudades siguen creciendo sin capacidad para dar cobijo y empleo a todos los que buscan sustento.

La inflación puede traer hambre, abandono de programas sanitarios para combatir el sida, jóvenes en edad de trabajar sin energías para buscarse la vida, más huérfanos, más niños sin escolarizar. En definitiva, el círculo infernal.